| El Universo (24/mayo/2003)
¿El show debe seguir?
Por Nila Velásquez
Se podría haber solicitado los documentos relacionados
con el caso de Carlos Flores a la Comisión de
Control Cívico de la Corrupción, pero
en lugar de eso, el Fiscal ordenó el allanamiento
de las oficinas para obtener lo que requería.
Lo hizo en una acción sorpresiva para todos,
menos para los informativos de televisión que,
muy oportunamente, reportaron el incidente.
Como muestra de su voluntad de combatir la corrupción,
el Presidente presentó en una cadena de televisión
la lista de los deudores de los bancos que se encuentran
en poder del Estado. La lista no aportó novedades
porque esos nombres ya se conocían y porque en
algunos casos se mantuvo el nombre de las compañías.
Un ex presidente que ahora es diputado que no ejerce,
anunció con mucha anticipación que iría
al Congreso un solo día para hacer unas sensacionales
revelaciones de corrupción en el gobierno anterior.
Se alimentó el suspenso y el día esperado
llegó. El público lo esperaba fuera del
recinto parlamentario, algunos para aplaudirlo, otros
para repudiarlo. En el momento de su ingreso sonaron
algunos aplausos y comenzó el acto. El diputado,
que asistió excepcionalmente al Congreso, se
tomó su tiempo para exponer algunos hechos que
la ciudadanía ya conocía, y que no constan
en documentos secretos, sino que, al contrario, en la
mayoría de los casos son documentos a los que
se puede tener acceso. El protagonista hizo la denuncia,
salió otra vez entre aplausos y rechazo y anunció
que viajará al exterior. Quizás, hasta
la próxima presentación.
Los tres hechos reseñados tienen algo en común:
el haber convertido en espectáculo las denuncias
de presuntos hechos de corrupción.
Los espectáculos son efímeros, aunque
algunos y sus protagonistas se mantienen en cartelera
más tiempo que otros. También ocurre que
cuando los artistas empiezan a perder el favor del público
se montan nuevos espectáculos para mantenerlos
vigentes. Generalmente tienen recursos formales y externos
que a veces van más allá del mismo argumento,
y esto que en el escenario puede no ser tan importante
en la vida social puede ser muy grave, porque a veces,
el ruido, las luces, los aplausos impiden que el ciudadano
llegue a la verdad.
La corrupción es algo grave, triste y doloroso
para la vida de un pueblo. Convertir las denuncias de
presuntos hechos de corrupción en espectáculo,
es trivializar algo muy serio.
Si algún ciudadano o ciudadana cree tener indicios
de hechos de corrupción, es su obligación
asegurarse de que esos indicios van más allá
de la simple sospecha y luego hacer la denuncia con
sobriedad en las instancias pertinentes. Después
de todo, están en juego la honra de las personas,
la fe colectiva en personajes e instituciones y la salud
social, que son cosas muy importantes.
Las denuncias de hechos de corrupción convertidas
en espectáculo, bien podrían terminar
como en las tablas, con aquello de que el show debe
seguir, aunque tras las bambalinas la realidad sea otra.
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