| Diario Expreso, julio 5 del 2003
¿Está la dolarización en riesgo?
(II)
Por Alberto March
En este segundo análisis, nos vemos hacia las
visiones más negativas que concluyen en que nuestro
esquema monetario dolarizado está con pronóstico
reservado. La dolarización, ciertamente, dejó
al país sin la opción de ajustar su economía
por la vía de la política monetaria, es
decir, con la emisión del papel moneda y el manejo
del tipo de cambio, mecanismo abusado por gobiernos
errantes que sembraron la aciaga crisis de la que no
salimos. Y en tal circuito cerrado, un alto déficit
en cuenta corriente, que contempla el aumento de las
obligaciones externas del país, es muy peligroso.
Históricamente estos desbalances sostenidos han
sido preámbulo de graves colapsos, económicos
en distintos países, como Argentina, Brasil o
México solo para citar ejemplos latinoamericanos.
La única forma positiva de incrementar ingresos
para cubrir dicho desfase pasa por concesión
de inversión extranjera directa en el sector
productivo y por el crecimiento de las exportaciones.
Mecanismos negativos pero válidos son la emisión
de deuda externa y la restricción estratégica
de importaciones. No obstante, la dolarización
bajo la anquilosada estructura actual, nos mete en un
círculo perverso déficit de superar. Para
atraer inversionistas o acrecentar exportaciones es
menester un alto nivel de competitividad, y la propia
dolarización ha desnudado la absoluta la absoluta
falta de competitividad del sector productivo. Pero
no solo el déficit en cuentas corriente, sino
la recesión económica es también
síntoma de que la mecha está encendida.
Lo alarmante es que ni a mediano plazo se vislumbran
buenas expectativas. Las exportaciones petroleras no
mejorarán y el precio pueden caer; no hay ni
recursos ni un plan para ejecutar proyectos de inversión;
a los meses del ALCA, Ecuador no podrá competir
regionalmente por que no ha iniciado siquiera una reactivación
económica. Los precios de los bienes nacionales
son tan altos que es más barato importarlos.
Los recursos humanos más calificados siguen emigrando
ante la frustración del escenario local. La inflación
se ha reducido extremadamente tarde, cuando nuestra
economía está ya entre las dos más
caras de Latinoamérica. Y aún así
se mantiene alrededor del 9%, cuando en EEUU no llega
a 2%.
La enorme gestión del SRI, con recaudos récords
cada año, no se muestra en obra pública,
en infraestructura, en servicios públicos, sino
en prebendas sindicales, en gasto superfluo, produciendo
la frustración del contribuyente. La dolarización
también se ahoga por el deficiente manejo de
la deuda externa que sigue sirviéndose a valor
nominal entre incapacidad de tantos gobiernos de ejecutar
un plan de recompra.
En el primer cuatrimestre el déficit comercial
privado es de USD 310 millones, y solo ha disminuido
en relación al 2002 por la declinación
de importaciones del OCP y por la caída de la
demanda de bienes de una economía contraída.
Hemos dicho que los fortuitos factores exógenos
que han sostenido la dolarización pueden tomarse
negativos en cualquier momento. Los precios del crudo
llevaron en el 2002 a que nuestra exportación
de petróleo alcance un 41% de las exportaciones
y un 22% de los ingresos fiscales. La deuda externa
privada ha subido de USD 2.300 a USD 5.000 millones
en 18 meses, y las remesas de emigrantes ha superado
las exportaciones sumadas de banano, camarón,
café, cacao u Atún. En este contexto,
el país no necesita promesas. Bajar las tasas
de interés, por ejemplo, no se puede hacer por
decreto; requiere de una estrategia que involucre a
los banqueros y que los persuada ser más eficientes
y a seguir ese objetivo como única vía
que permita generar un círculo virtuoso que redundará
en su beneficio. Pero tampoco es eso factible con un
sector productivo en crisis, con incertidumbre, desconfianza,
con desconfianza, en un país gobernado apunta
de paros, donde los propios empresarios no traen sus
ahorros de exterior, donde los manuales de ética
se han traspapelado y ya los caballeros no quieren honrar
sus deudas. Así los bancos que perciben altos
riesgos de incobrabilidad no bajan sus tasas, a pesar
de que esto se anuncie en cadena nacional. Hay que partir
por el principio. Se requieren dos planes; uno inmediato,
que procuren dos planes; uno inmediato, que procure
una reactivación urgente del sector productivo,
atendiendo incluso varios importantes puntos comprometidos
en la propia carta de intención suscrita con
el FMI. Y otro estructural, de largo plazo, que asegure
un escenario en el que la dolarización nos permita
sobrevivir. |