| Quito, sábado 5 de julio
de 2003
www.hoy.com.ec
EL INVITADO DE HOY
El valor de la serenidad
Por Ricardo Noboa Bejarano*
Con motivo de la decisión, ciertamente firme
de la economista Wilma Salgado, de iniciar y establecer
un procedimiento público y coaccionante para
recuperar las deudas que empresarios y personas naturales
han venido manteniendo para con los bancos en manos
de la AGD, se están produciendo en el país
situaciones radicales que se deben analizar con ponderación.
No cabe duda de que los sectores productivos más
afectados con la crisis económica de 1998-1999
fueron los de la Costa. Camaroneros y bananeros, es
decir cerca del 80% de nuestras exportaciones no petroleras,
se vieron, por diversas razones, en dificultades para
pagar sus deudas. Obviamente ello hizo, junto también
a muchos créditos vinculados de dudoso origen,
que la banca privada costeña afrontara una grave
situación de iliquidez que nos llevó a
los acontecimientos que todos conocemos. El Gobierno
anterior tuvo que afrontar la crítica situación
de los depositantes a los cuales se les había
congelado su dinero. Miles de personas en las calles
de Guayaquil, Quito y Cuenca reclamaban airadamente
y, con razón, la devolución de sus depósitos.
Padres y madres de familia, ancianos jubilados, estudiantes,
se veían obligados a dejar sus ocupaciones para
acercarse, piedra en mano, a la AGD para obtener la
devolución de sus dineros. Poco a poco, con dificultades
ciertamente pero con voluntad para concluir el proceso,
las calles se fueron vaciando y la mayoría de
los depositantes recuperó su dinero. Los depositantes
de Filanbanco lo recibieron parte en efectivo y parte
porque otros bancos abiertos asumieron la responsabilidad;
los depositantes de la banca cerrada lo recibieron en
su gran mayoría, quedando pendiente de pago aproximadamente
un 12% del valor total adeudado inicialmente. Buena
parte de la función de la AGD entre 2000 y 2002
se concretó a pagar a los miles de depositantes
su dinero incautado. Y ahora, ciertamente, ha llegado
el momento de recuperar para el Estado las enormes sumas
gastadas y que deben ser devueltas por los originales
deudores. El procedimiento elegido por la economista
Salgado ha sido en algunos casos fulminante, efectivo
y aparentemente demostrativo de que no existen compromisos.
Pero el éxito producido, en muchos casos, lleva
a los protagonistas a creer que están por encima
del bien y del mal. Por encima de "dilatorios"
procedimientos. Por encima de las normas generales del
derecho. Porque en el Ecuador importa más lo
popular que lo legal. Y muchas cosas, mientras son populares,
y cuentan con el lente de la cámara, bien pueden
hacerse. Incautarse de bienes de accionistas de los
accionistas, prohibir la salida del país de directores
que nunca actuaron o que renunciaron a sus funciones
antes de la aprobación de créditos dudosos,
aplicar la ley de instituciones financieras a deudores
corrientes no vinculados a la administración
de los bancos, cobrar créditos prescritos o inexistentes,
llevarse papeles y registros a Quito dejando en absoluta
desinformación a los interesados, y otros actos
similares le van dando a la AGD un perfil totalitario,
más próximo a la sovietización
de sus procedimientos que a la aplicación dura
e irrestricta de la ley pero en un estado de derecho.
Creo que la AGD debe serenarse. Seguir adelante, sin
duda. Pero enmendando varios de los serios abusos en
que se está cayendo. Y recordando que a Robespierre,
más que por su apodo de "incorruptible"
se lo terminó conociendo en la historia como
el promotor de la era del terror. Y no acabó
muy bien que digamos.
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