| Quito, lunes 14 de julio de 2003
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Fobia
Por Diego Araujo Sánchez
Según una encuesta de Informe Confidencial,
el 72% de los ciudadanos en Quito y el 57% en Guayaquil
confiesan que no les interesa la política. En
la capital, escenario central de la política,
es mayor el rechazo hacia ella. El 83% de los entrevistados
en Quito y el 66% en Guayaquil revelan que nunca han
sido militantes ni afiliados de partido político
alguno y, lo que resulta más grave, el 78%, en
la primera ciudad, y el 70%, en la segunda, aseguran
que jamás aceptarían afiliarse a algún
partido o movimiento político.
¿Sufren los ciudadanos una especie de fobia política
o esta se ha transformado en un interés vergonzante?
¿O hay cierta conducta masoquista en amplios
grupos de la población que, entre el rechazo
o la indiferencia, nunca dejan de sentirse atraídos
por la política?
Si tanta es la reacción adversa, ¿por
qué tiene la información política
una presencia dominante en los medios de comunicación
y por qué suele ser un tópico de conversación
inevitable en las reuniones sociales o en la sobremesa
familiar? ¿Cómo se explica que casi todos
los comentarios en la prensa giren en torno de ella?
No siempre son claros los límites entre el rechazo
a los políticos y la fobia a la política.¿Quién
puede tener interés por la participación
pública en un país en el que, con tanta
facilidad, se depone a los mandatarios elegidos por
el voto ciudadano, se enjuicia y dicta órdenes
de prisión en contra de ellos?
Para no ir más lejos en la historia, ¿no
resulta un juego ridículo que la fiscal del Estado,
al compás de una vendetta política de
León Febres Cordero, con una agilidad que no
tuvo para pronunciarse contra los banqueros corruptos,
pida orden de prisión preventiva contra el ex
presidente Gustavo Noboa y el equipo que renegoció
la deuda externa?
No sé quién dijo que las reglas de política
son las mismas de la guerra, pero en tiempos de paz.
A juzgar por los heridos que deja en el camino, ese
pensamiento no está muy lejos de ser una realidad
en el país. Cada vez parece más difícil
aceptar una función pública si se conoce
que, a la vuelta de la esquina, quienes la ejercen serán
tachados por lo menos de ladrones y, no pocas veces,
por juegos politiqueros, deberán responder ante
una justicia influida por intereses partidistas.
El desprestigio de la política revela la debilidad
de los partidos y de las instituciones y las precarias
formas de participación ciudadana. La indiferencia
y el rechazo hacia ella deberían preocupar al
sistema educativo, que prepara cada vez menos a niños
y jóvenes para servir a los demás y no
los forma en valores como la solidaridad y la cooperación.
Detrás de aquel menosprecio se revela una débil
cultura ciudadana. ¿Las consecuencias? Un suelo
fértil para los populismos. El voto de la mayoría
favorece a cualquier audaz que salta a la arena pública,
sin preparación ni experiencia. Pero esa adhesión
no tiene raíces y, de la noche a la mañana,
cambia por el rechazo.
¿Hay alguna figura política que pueda
ser propuesta como modelo ejemplar a los jóvenes?
A las fallas de liderazgo, se suman la inexistencia
de un verdadero régimen de partidos políticos
y unas instituciones desprestigiadas. No sorprende,
pues, la fobia ciudadana hacia la política. |