| El Universo (22/julio/2003)
Febres-Cordero quiere cobrar sus deudas políticas
Javier Ponce
El ex presidente León Febres-Cordero ha asistido
al Parlamento para presentar una denuncia contra el
ex mandatario Gustavo Noboa. Al llegar al Congreso ha
sido recibido por el presidente Guillermo Landázuri.
Al día siguiente y sin que medie consenso alguno,
el orden del día de la Legislatura giraba en
torno a la presentación del líder socialcristiano,
que hablaba en el plenario por cerca de tres horas y,
cosa inusitada, con un canal de televisión y
varias radios transmitiendo –a los tiempos–
una sesión parlamentaria. Algún comentarista
de televisión subrayaba la atención puesta
a su denuncia por el bloque de la Izquierda Democrática,
que había facilitado, a través de Landázuri,
que se cumpliera la voluntad del ex presidente. Allí
ya existiría una primera interrogante: ¿fue
una decisión personal de Landázuri o un
gesto de la Izquierda Democrática que evocaría
la alianza entre ID y PSC con que se inició esta
Legislatura y que en los grafitos capitalinos recibe
el nombre de febresborjismo?
Pero, ¿qué puede concluirse de todo aquello?
Algo general y obvio. Su peso específico en la
política ecuatoriana, mantenido durante dos décadas.
Desde el juicio de las muñecas de trapo contra
Feraud Blum en 1984, hasta su actuación el miércoles
último.
Ahora los diputados se ocuparán del juicio al
ex presidente y, posiblemente, podrían relegarse
las otras urgencias: el nombramiento de un contralor
o los proyectos de urgencia económica que el
Gobierno envíe en el marco de su compromiso con
el FMI. El Congreso privilegiaría lo que es más
entrañable y familiar para los políticos:
los juicios, los actos de fiscalización, la retórica
parlamentaria. Aunque en opinión de Gaitán
Villavicencio, director del Centro de Estudios Regionales
de Guayaquil (CERG), el Congreso ha resuelto, por el
momento, enviar el tema a la fiscalía, porque
“si bien aquel Febres-Cordero del año 2003
es el mismo de 1984, con el mismo estilo de la denuncia
incendiaria, el escenario político y los actores
son otros y su impacto no es el de inicios de los ochenta.
Hay un cambio en el sistema y la cultura política,
además de que el tema de hoy no es tan simple
como el de las muñecas de trapo que denunció
en 1984, el asunto de la renegociación de la
deuda es complejo y no provoca la misma expectativa
popular”.
De todos modos, la rutina política en la capital
se vio, de pronto, trastocada por la sola presencia
del ex alcalde de Guayaquil y el debate que había
tenido como centro ciertos traspiés de Lucio
Gutiérrez, volcaba toda su atención a
un nuevo hecho: la antigua oferta de Febres-Cordero
de perseguir desde su curul al ex mandatario Noboa.
Y es conocido que el líder socialcristiano no
ha perdonado durante su trayectoria, una sola deuda
política. Ha buscado, con tenacidad, que sus
enemigos políticos espíen sus ofensas.
En contraste, hasta el miércoles, todos los tímidos
intentos por poner en duda el gobierno de Gustavo Noboa
habían naufragado en alguna comisión legislativa,
o las denuncias anteriores sobre el modo cómo
se renegoció la deuda externa habían caído
en el silencio.
Pero se trata también de un gesto dirigido al
interior del socialcristianismo. Una aparición
programada para subrayar su liderazgo –señala
Gaitán Villavicencio– y para reafirmar
que “va a existir un proyecto político
que contrarreste los problemas internos del partido”.
¿Cuál puede ser la consecuencia para el
PSC? El peligro de una futura división, cuando
el ex presidente ya no esté al mando, sostiene
el director del CERG, y agrega: “Muchos, dentro
del partido, no están de acuerdo con un liderazgo
de Jaime Nebot”.
La rutilante, aunque momentánea presencia de
Febres-Cordero, testimonia, por otra parte, el enorme
vacío de liderazgo político que nos hereda
este largo periodo de sucesiones democráticas,
con dos ex presidentes, Rodrigo Borja y Oswaldo Hurtado,
derrotados en las urnas, y el partido político
más sólido, el Social Cristiano, derrotado,
a su vez, por tres ocasiones, Febres-Cordero es, entonces,
una imagen solitaria, convertido su bloque legislativo
este miércoles en su corifeo, y obligado el resto
de la Legislatura a modificar su agenda.
Alrededor, nadie que pueda señalar otro sendero
al debate político.
Estamos ante una democracia de partidos que ha sacrificado
sus estructuras en función de dos o tres figuras
descollantes. Nadie en la Izquierda Democrática
o en el Partido Roldosista Ecuatoriano parece llamado
a reemplazar los liderazgos de Rodrigo Borja o Abdalá
Bucaram. Nadie en la Democracia Popular pudo reemplazar
a Osvaldo Hurtado o Jamil Mahuad. Tres elecciones presidenciales
ha perdido el Partido Social Cristiano, en contraste
con su líder que no ha sido derrotado en una
sola batalla en las urnas.
El ejercicio de la política, en ese sentido,
no ha cambiado casi desde los orígenes de la
República. El viejo principio que reza que cualquier
partido que quisiera presentar listas para el Congreso
debía necesariamente ponerse a la sombra de un
candidato presidencial, no significa otra cosa, en el
caso de la democracia de estas dos décadas, que
una perversa forma de roer las bases de los partidos.
Y con ello, de la propia representación democrática. |