| Quito, Viernes 1 de Agosto de 2003
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Ya es suficiente
Por Fernando Bustamante
El país se ha visto conmovido en días
recientes por la solicitud de asilo que el ex presidente
Gustavo Noboa ha presentado al Gobierno de la República
Dominicana. El hecho en sí mismo y la posterior
concesión del asilo solicitado constituyen una
situación vergonzosa para el país y son
el resultado de la progresiva desintegración
de las instituciones y del poco estado de derecho que
alguna vez se intentó construir en el Ecuador.
El ex presidente Noboa sostiene que es víctima
de una persecución política y que el sistema
judicial de nuestro país no da las garantías
de un justo proceso y de la independencia que le permitirían
enfrentar a sus acusadores con la fundamentada esperanza
de recibir el trato imparcial al que todo ciudadano
es acreedor.
Desgraciadamente tales aseveraciones están dotadas
de una dolorosa verosimilitud. Las acusaciones vertidas
en contra del ex presidente Noboa bordean lo risible
y en ningún país medianamente serio habrían
sido objeto del tratamiento apresurado, extremadamente
diligente y claramente obsecuente del que han sido objeto.
El señor Noboa es blanco de una persecución
política infame que en su obcecación no
ha dudado en intentar subvertir el sistema judicial
y que llega en su audacia a pretender destruir la precaria
independencia de la Corte Suprema de Justicia.
El señor Noboa debe rendir cuentas de su gestión,
pero debe hacerlo ante instituciones imparciales, y
rodeado de todas las garantías propias de una
república en forma. Un sistema judicial amenazado,
intimidado y telecomandado no puede ser semejante instancia.
Es más, asistimos a un renovado esfuerzo por
destruir lo que penosamente se ha avanzado en materia
de modernización y profesionalización
de la justicia. Si el intento de meter mano en la Corte
Suprema y controlar políticamente a la justicia
llegase a prosperar, una de las últimas esperanzas
de que la democracia se institucionalice en el Ecuador
se habría esfumado. Una justicia politizada y
al servicio de rencillas y venganzas personales o de
sombríos intereses particulares nos obligaría
a resignarnos a la condición de satrapía,
donde la voluntad del jefe es la única ley y
el estado de derecho un lamentable simulacro.
Los partidos políticos, y el partido Social Cristiano
a la cabeza de todos ellos, deben revisar la conveniencia
de mantener liderazgos obsoletos y empeñados
en una política rústica y pueblerina,
incapaz de entender lo que son las instituciones. El
PSC fue fundado para ser la expresión orgánica
de la derecha política, para representar los
intereses de la empresa privada y de la libertad económica.
Desgraciadamente no está cumpliendo ese papel
y el sistema político ecuatoriano se resiente
por la ausencia de un partido que exprese los intereses
universales de la acumulación capitalista. En
vez de asumir su función natural dentro del espectro
político, el PSC se ha convertido en la hueca
caja de resonancia de pequeñas venganzas, de
intereses menguados y de la egolatría cantonal
de quien pretende ser su dueño. Este papel lamentable
puede y debe cambiar, ya es suficiente. |