| El Comercio Lunes, 4 de Agosto del 2003
El síndrome de Robespierre
Editorial del Diario El Comercio
Vilma Salgado, principal de la AGD, hizo historia.
Además de recuperar valores del mayor fraude
bancario de los anales del país, descubrió
una inmensa red de corrupción en la entidad destinada
a cobrar y no a ocultar los créditos obtenidos
de los depósitos públicos en entidades
que se extinguieron en dolosas quiebras.
Esta extraordinaria labor que al inicio contó
con escaso apoyo gubernamental para luego disputar inútilmente
su protagonismo, parece haber llegado a un techo de
gestión. En estas circunstancias es posible que
no solo se precipite la economista Salgado con sus pésimos
asesores, sino que derrumben de forma definitiva la
mayor cobranza nacional.
Era imposible no cometer errores jurídicos al
publicar los nombres de deudores e incluir aquellos
cuyos créditos estaban cancelados o legalmente
reestructurados. La empresa de moralización era
de tal magnitud que exigió tolerancia y apoyo
para secundar la buena intención del propósito.
Lamentablemente los actores no cayeron en cuenta de
que en una sociedad corrida por la corrupción
y la falta de institucionalización, la cruzada
no es inmune a la manipulación política
que, en nuestro medio, siempre es conducida con extraordinaria
sagacidad.
En esas circunstancias, aquella principiante de una
firmeza moral inigualable, hoy actúa casi en
todos los aspectos de la vida nacional. Esta inmersa
en la trama jurídica política de Emelec
dirimiendo moralmente los fideicomisos; abre insólitas
brechas en el derecho societario y hasta incurre en
el delicado caso de asilo del ex presidente Gustavo
Noboa, sin percatarse de que se constituye en prueba
importante de la presunta persecución política.
Ante esta situación, próxima a convertirse
en una nueva decepción, es importante repasar
uno de los episodios más dramáticos de
la Revolución Francesa. El ímpetu de moralización
de Maximiliano Robespierre y el extremismo infantil
del Comité de Salud Pública terminaron
en el patíbulo implacable de las revoluciones,
que -en su capítulo final- devoran por igual
tanto a sus padres como a su hijos. |