| El Universo (04/agosto/2003)
Poderes fácticos
Por Simón Pachano
Si se asume el concepto usual de perseguido político,
el ex presidente Gustavo Noboa no tendría aquella
condición. No es el Gobierno ni es el Congreso
quienes lo acosan e incluso no existe orden de prisión
en su contra, pero nadie puede negar que hay persecución
y que esta es estrictamente política. Los especialistas
deberán determinar cómo se debe denominar
en términos del derecho internacional a una situación
de esta naturaleza, que difiere sustancialmente de las
que dieron origen a la figura del asilo político.
El elemento básico para que este se produzca
es la condición de perseguido por parte de los
poderes estatales, pero no está claro qué
es lo que procede cuando la amenaza no se origina en
esas esferas. Como parte de la tradición liberal,
el derecho de asilo fue concebido como uno de los elementos
de protección del individuo frente a los posibles
abusos del Estado, pero no contempló la posibilidad
de que esa protección pudiera hacerse necesaria
también para frenar arremetidas de individuos
o grupos sociales que no se encuentren directamente
a cargo de la conducción de organismos públicos.
Es un asunto de difícil resolución para
los estudiosos del derecho y sobre todo para quienes
deben tomar las decisiones en materia de política
internacional. Pese a que el gobierno de República
Dominicana ha dado un paso significativo al anunciar
que concederá el asilo, el problema central sigue
pendiente ya que ha colocado al gobierno ecuatoriano
en la difícil disyuntiva de negar o de otorgar
el salvoconducto correspondiente. Ninguna de esas dos
opciones traerá resultados felices para el Gobierno,
lo que de paso explica la posición de neutralidad
expresada por la Canciller frente al tema. La primera
opción podría interpretarse como desconocimiento
de convenios y acuerdos internacionales, pero también
como aval de las tesis del Partido Social Cristiano.
La segunda opción equivaldría a reconocimiento
implícito de que en el país existe persecución
política, aun cuando esta no se origine en el
Gobierno.
Precisamente, ese es el punto más delicado de
todo esto. No es conveniente para un gobierno reconocer
la existencia de poderes fácticos cuya fuerza
puede obligar a una persona –nada menos que a
un ex presidente– a solicitar asilo a pesar de
las garantías que pueda ofrecer ese mismo gobierno.
No es un problema de la actual administración,
que ha tratado de actuar con el mayor tino para proteger
su difícil posición. Es un conflicto que
viene afectando al país, a sucesivos gobiernos
y a sus ciudadanos, desde hace ya varios años
y que se ha ido profundizando con el andar del tiempo.
Es una consecuencia del debilitamiento de las instituciones,
pero también de una forma de entender la política
que ha hecho del canibalismo su práctica normal,
ha entronizado a poderes ilimitados, libres de cualquier
control legal o ciudadano, que impiden el funcionamiento
adecuado de los procedimientos democráticos.
Mientras ellos existan, mientras de ellos dependan los
destinos de la política nacional, la historia
política se seguirá escribiendo en malolientes
juzgados donde rigen órdenes y no procesos.
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