| El Universo 04 de Agosto del 2003
Algo de dignidad personal y nacional
José Mario Ruiz Navas
Si mal no recuerdo, Calderón de la Barca resumió
la valoración, que del honor hacía España
en su época de oro: “La hacienda y la vida
al Rey se han de dar; pero el honor es patrimonio del
alma; y el alma solo es de Dios”. El derecho da
a la dignidad personal una importancia similar, al establecer
el principio, según el cual toda persona ha de
ser considerada inocente, mientras no se le pruebe lo
contrario. En teoría nadie niega este principio;
pero en la práctica va desapareciendo. Baste
citar la caprichosa aplicación de la facultad,
que tienen los fiscales de pedir la prisión preventiva
de una persona. Puedo entender que hay personas a las
que hay que privar de la libertad lo antes posible,
para impedirles hacer daño a la sociedad; pero
no alcanzo a ver la utilidad de encerrar a ciudadanos
normales. A más de trastrocar el principio de
la presunción de inocencia, exigiéndoles
que la prueben, se les disminuye la posibilidad de probarla.
Hay aún Quijotes que se entregan, precisamente
porque son inocentes; pero comprendo que algunos huyan,
si conocen que en su caso no se está buscando
la verdad.
Es de esperar que los juristas que buscan la verdad
y la justicia –que son muchos– regulen el
uso de la atribución, actualmente tan desprestigiada,
de pedir y dictar prisión preventiva. Quien abusa
de esta facultad muestra que no valora el honor, ese
valor que fluye de la persona y no se sustenta en poderes
transitorios. La persona a la que, con razón
o sin ella, se ha privado de libertad recibe una mancha
similar a la que imprime la calumnia. Parece que algunos
fiscales y jueces buscan precisamente manchar el honor.
Sería positivo juzgar y si es el caso, condenar,
también, a los poderosos; pero, si se juzga por
la verdad y la justicia, ¡y también a los
amigos!
Los ecuatorianos necesitamos pensar, amar y sentir
al Ecuador como nuestra gran familia; necesitamos acciones
que desarrollen nuestros valores. En los discursos se
habla del altar de la patria. Pues bien, si realmente
consideramos Ecuador como nuestra grande familia, en
ese altar todos hemos de sacrificar intereses y pasiones
personales. Tenemos que aceptar que falta este sacrificio.
Si no, ¿cómo explicar la pasión
política que ha impedido que se juzguen con la
serenidad, que es indisoluble de la justicia, también
a nuestros gobernantes?
¿Cómo explicar que algunas personas de
las tres funciones del Estado estén permanentemente
gastando energías en destruir al otro y no en
unirse para el adelanto integral? Ya que “los
pueblos tienen los gobernantes que se merecen”,
¿cómo pedir a los ciudadanos del mundo
que valoren a Ecuador y confíen en sus instituciones,
si sus presidentes y ministros, de sus altas funciones
pasan a la cárcel o al exilio? Si hay ecuatorianos
que menosprecien el honor nacional, tengan en cuenta
que la valoración que se haga, nacional e internacionalmente
de nuestro país, influye también en las
relaciones económicas.
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