| El Comercio, 6 de Agosto del 2003
¿Entre el abuso y el miedo?
Por César Montúfar
El asilo de Gustavo Noboa es una expresión más
del deterioro de la dignidad del cargo de Presidente
de la República en el Ecuador. Es triste y para
nada exagerado reconocerlo. Y es que más allá
de los argumentos jurídicos y diplomáticos
que se esgriman, más allá de que sea indiscutible
de que este asunto tiene un trasfondo de enemistad personal
con otro expresidente, el mensaje que queda es que en
nuestro país se ha tornado normal atenerse al
orden legal vigente solamente cuando éste actúa
en beneficio propio; que un mandatario puede gobernar
con la ley pero que ello no significa que se someterá
a ella; que la institucionalidad del Estado puede irrespetarse
y pasarse por alto incluso por la misma persona que
la representó. Todo ello erosiona no solo a la
institución de la Presidencia sino al principio
de autoridad mismo. Ello es política y simbólicamente
muy grave: un país azotado por la anomia y la
prepotencia.
El punto es que más allá de que Noboa
sea o no un perseguido de Febres Cordero, él
como expresidente del Ecuador nos debe la dignidad de
responder en presencia por sus acciones, omisiones o
riñas personales. La dignidad del cargo que ocupó
le exigen privilegiar lo público por sobre lo
personal; ser consecuente con la autoridad que emanó
de su investidura.
El asilo de Noboa tiene implicaciones adicionales no
solo por las circunstancias en que llegó al poder,
justamente cuando la autoridad presidencial se derrumbaba
por el desgobierno de Mahuad, sino por su comportamiento
y estilo cuando Presidente. Recordemos que Noboa fue
pródigo en insultos y alusiones ofensivas contra
quienes no estuvieran de acuerdo o criticaran a su Gobierno.
Recordemos su estilo de utilizar todo tipo de epítetos
en contra de sus detractores; su lenguaje ofensivo y
chabacano. Lo que el asilo de Noboa nos dice es que
uno puede decir lo que se le plazca y abusar de la investidura
presidencial, pero que cuando ya no se la tiene, le
está permitido huir sin ningún problema,
sin que ello le parezca reprochable a nadie. La lección
del expresidente Noboa es que la lógica imperante
en la política ecuatoriana es la del abuso o
la del miedo; que más allá de ambos todo
es teatro e irresponsabilidad; que la lucha política
se reduce a la confrontación entre descomunales
vanidades.
Me resisto a justificar la teoría Noboa de la
política ecuatoriana. Me resisto a pensar que
la política en el Ecuador está condenada
a moverse entre el abuso de los poderosos y el miedo
de quienes no pueden escudarse tras el poder. Me resisto
a pensar que el ejercicio del Gobierno da prerrogativas
para la ofensa y que los ciudadanos de a pie solo pueden
bajar la cabeza y huir. Me resisto a suscribir que en
el Ecuador el deshonor y la cobardía son mejores
que la cárcel, justa o injusta. Me resisto a
adherirme al pretexto de la persecución política
como muletilla para no asumir responsabilidades ni estar
a la altura de la investidura que se ocupó. No
es posible la democracia ni el Estado de derecho en
ningún país si no se deja un espacio aunque
sea pequeño para la dignidad y el honor personal;
si el poder y los poderosos, que existen en todas partes,
provocan solo miedo y sumisión.
El daño moral que el asilo de Gustavo Noboa
le hace al país es mucho más grave que
las acusaciones que se le imputan. Es posible que el
expresidente resulte inocente de ellas; quizá
todo venga demasiado tarde para reivindicar su nombre.
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